Mitacuye oyasin

13 de noviembre de 2022

Me sentía segura en mi palacio de cristal.

A través de sus translúcidas paredes me desenvolvía, relacionaba y mantenía alejada, y a salvo,… de sus miradas de agua.

Parecen niños pero sus almas son viejas y sabias, y con una sola palabra pueden atravesar tu piel y tu alma.

Y eso es lo que ocurrió.

Fui arrastrada al fondo del pozo, oscuro, profundo, negro de vida, de sus ojos y ocurrió lo que debía suceder, morí, en un instante, morí de dolor y de amor.

Me sentí agonizar, atravesada por millones de imágenes que no había querido, podido, ver, que me negué a experimentar, que rechacé por el influjo del veneno de la vergüenza y la falta de responsabilidad.

De pronto todos ellos, el rostro de mis niños, sus niños, nuestros niños, pasaron delante de mis ojos pidiendo ser escuchados, visibilizados, reconocidos, honrados, respetados, agradecidos y liberados.

Cada uno de ellos tenía una lección que enseñarme, a mí, al personal sanitario, a sus familias, a la familia humana, un matiz, palabra, resonancia en mi corazón helado.

Cada uno de ellos es el resultado de las creaciones y los abortos, materiales y energéticos, de una rama, linaje, familia, holograma, parte, de esta sociedad profundamente devastada, infantilizada, domesticada, enferma, que clama ser integrada para poder renacer de sus cenizas.

Con amor,

Silvia Mesa García

Texto: Silvia Mesa García, Imagen: Miguel Ángel Yusta Sanz 
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