Espiritualidad y salud

18 de agosto de 2022

Hace un tiempo, en el 2013, disfruté de la increíble oportunidad de participar y compartir, mi visión y experiencia personal, en unas jornadas nacionales sobre la práctica espiritual en lo cotidiano, de la Fundación Española Caminos de Sabiduría Oriente-Occidente.

En ella hablé sobre Espiritualidad y Salud, sobre la forma en que, a mi entender, se construye esta relación y cuáles son los discursos, y el imaginario, que conforman su sentido común en el entorno de nuestra experiencia cotidiana.

Siento que se trata de un discurso atemporal y clarificador que, quizás, resuene como un eco en tu corazón y que también, quizás, te invite a indagar, profundizar, iniciar algún movimiento, despertar memorias y/o recuerdos.

Si no es así, al menos, deseo que sea nutritivo para tu alma, en algún sentido.

Te lo comparto, con amor.

“El cuerpo para cada sociedad, además de un hecho biológico, es un territorio cargado de representaciones en donde permanentemente se construyen y deconstruyen imágenes culturales, en donde se proyectan señas de identidad y alteridad.

Pensar y entender el cuerpo, por tanto, nos aproxima a la comprensión del mundo que nos envuelve, a la realidad simbólica que junto con la pura carnalidad forma parte de nuestro ser, dándole a la materia sentido”

(A.Acuña 2001:49).

Desde muy niña, y aunque aun no le pusiera nombre, supe de la existencia de Dios.
Cuando lo necesité, me agarró con firmeza de la mano y, sentí, con absoluta certeza, que nunca me abandonaría…

Alrededor de los siete años, era capaz de sentir el dolor ajeno dentro de mí, con intensidad…

En mi casa nunca hubo tradición religiosa, más bien, una cierta idea circunscrita al catolicismo de lo que era Dios, pero poco más, por lo que resultaba extraño que, siendo tan pequeña, y sin apenas referencias, expresara una orientación tan marcada hacia el mundo espiritual… me sentía parte del universo insondable, y atesoraba todo un alijo de poemas y escritos inapropiados para alguien de mi edad, que descubría en las madrugadas…

Crecí sabiendo que tenía una misión especial en la vida, y que ésta, tenía que ver con ayudar a los demás. No obstante, no podía imaginar hasta que punto era guiada para llevar a cabo, lo que parecía ser, un plan hecho a mi medida.
Aunque nunca me lo planteé como una elección, estudié Enfermería con cierta ilusión, y con muchas expectativas, también…

En mi trayecto laboral, sin embargo, enseguida tropecé con lo que para mí representaban muros infranqueables. La enfermedad, temida como el peor de los males, era considerada en muchos casos, como un estigma, una barrera alzada entre enfermo y cuidador, que convertía su yo en el otro, y lo que podía ser una oportunidad de estar, acompañar y cuidar, en un compendio de procedimientos y protocolos.

Desde el inicio de esta andadura he visto a multitud de seres desgarrados por el sufrimiento que produce el hambre del alma, regateando a la enfermedad o bebiendo de ella, como si fuera una bendición. Cada uno de sus rostros están grabados en mi cuerpo.
Además, he sentido como propios, la ira, la soledad y su miedo de la lejanía de Dios.
Y como ellos, he caído en sus garras…

Hoy, tengo un gran reto ante mí… tratar de conectar, corazón con corazón, con todos vosotros… para tratar de haceros sentir lo que yo siento…

Para mí, la espiritualidad representa tocar a la puerta de casa, esa puerta dorada que trato de cruzar cada día y que se abre al olvido, ese camino, sinuoso, de reencuentro con aquello que reside en mis entrañas, más allá del sentido común que impregna la vida cotidiana.

De esta forma, y cómo diría David LeBretón, la vida cotidiana se presenta ante mí, como el lugar, privilegiado, de expresión de las relaciones con el mundo, como el escenario, privilegiado, del encuentro con el sentido, y con la comunidad del sentido que se renueva a cada momento.

La salud, en este escenario, es un encuentro transitorio con nuestro estado salvaje, enmarcado dentro de un contexto sociocultural que perfila sus contornos y legitima su cotidianeidad.

En este sentido, cada sociedad ha tratado de encontrar sus propias respuestas, ya que la relación entre espiritualidad y salud tiene que ver con la idea de cultura del universo donde estamos inmersos, siendo ésta “aquel todo complejo que incluye el conocimiento, las creencias, el arte, la moral, el derecho, las costumbres y cualesquiera otros hábitos y capacidades adquiridos por el hombre en cuanto miembro de la sociedad” (Tylor, 1871).

Sin embargo, no debemos olvidar que el mundo de la vida cotidiana es la base donde se apoya la percepción y la construcción de nuestra realidad, por lo que, considero que cualquier acercamiento que realicemos, deberá apoyarse en una necesaria crítica y extrañamiento de ese sentido común que compartimos, para evitar que ésta sea una perspectiva sesgada y egocéntrica.

Si examinamos el sistema médico hegemónico de esta parte del mundo en la que vivimos, llamado Biomedicina, veremos que éste se refiere a un sistema desarrollado desde la Ilustración, que se caracteriza por asumir la distinción cartesiana entre cuerpo y mente, y por su comprensión de las enfermedades, desde una perspectiva biológica, como si fueran entidades estáticas, definidas y producidas por causas únicas. En el marco de este modelo, la ciencia y las tecnologías médicas son las grandes protagonistas en el avance y solución de los problemas de nuestra sociedad, aunque ni una ni otra, en mi opinión, actúen en el vacío social.

Si observamos atentos, veremos que la biomedicina está en todas partes y así, se convierte en cotidianeidad, en el espacio propicio para la creación sistemática de conceptos, teorías y prácticas acerca del proceso de salud, enfermedad y atención que consideramos normal, y que, frecuentemente, recurre a la medicalización de muchos aspectos de la vida cotidiana.

Aunque nada es más misterioso para el hombre que el espesor de su propio cuerpo (en palabras de David Le Bretón), para nuestra medicina, la naturaleza y la sociedad se pueden descomponer en pedazos, produciéndose la fragmentación del enfermo y de la enfermedad, y convirtiendo la disfunción anatómica o fisiológica del enfermo en una nueva forma de identidad, en la que éste, deberá aprender a reconocerse. Su cuerpo asemeja una máquina compuesta por piezas sin relación y la enfermedad se convierte en un problema médico, susceptible de intervención clínica. De esta forma, nos encontramos, por ejemplo, con que a las personas se las reconoce por el órgano de su cuerpo que demanda atención, o por el número de la habitación que ocupa, olvidando que a través de este cuerpo se siente y se piensa, influidos por nuestra realidad más cercana, constreñidos por el tiempo lineal, por nuestra supuesta historia y política, olvidando que la vida es lo que hay en medio, que es movimiento y cambio constante…

Este cuerpo, contingente y reversible, es además, un lugar sagrado, contenedor de experiencia y refugio del espíritu del alma indestructible, una totalidad cambiante de experiencia tangible, sensible, que significa a través de la salud y la enfermedad, y que a su vez, sólo representa una idea bastante peculiar dentro del contexto, amplio, de las culturas del mundo.

En Occidente, en concreto, este cuerpo fue considerado, durante un tiempo, cárcel del alma exiliada y después elevado a la más alta consideración humana, más tarde fue despreciado y aislado del hombre, de la naturaleza y el cosmos, y transformado en un objeto sin valor propio, quedando reducido a una máquina, seccionado, troceado, instrumentalizado e individualizado mientras que en otros lugares, el mismo cuerpo era sometido a los influjos macrocósmicos, convertido en reflejo del orden del universo y del mundo, en espejo del cosmos en cuyo interior entraban palabras y salían vientos, habitado por múltiples seres, maleable, inarticulado, de naturaleza compartida y situado en muchos lugares a la vez…

En esta parte del mundo, el enfermo, en muchos casos, es invisibilizado por el aparato tecnológico que lo envuelve y la enfermedad se convierte en una nueva carga individual que el paciente debe asumir, separándole de su sociedad o grupo de pertenencia, mientras multitud de fenómenos biológicos, como la incapacidad para tener descendencia, o el hambre, son redefinidos y conceptualizados en forma de enfermedad.
Además, el componente psico-social, emocional y espiritual que nos conforma, es negado y desterrado al país de nunca jamás.

Sin embargo, en mi experiencia, he comprobado una y otra vez, cómo la lógica médica no responde a aquéllas preguntas sobre el sentido que formula, continuamente, la persona que sufre.

Muchos seres, en ese contexto, mueren aterrados e invadidos por el dolor, dolor meditado, dolor sosegado y dolor sorprendido. Sus cuerpos, paralizados por la idea de enfermedad y muerte, se hacen dependientes de la única lógica que les asiste, la de una gestión que les despersonifica.

Los hospitales, a su vez, se convierten en cárceles acristaladas para el exilio por enfermedad. En un lado está el enfermo, aislado de la familia, del sistema y de sí mismo. En el otro, el personal sanitario, aislado del enfermo, de la familia y de sí mismo.

Las incesantes preguntas sobre el sentido, que se hace la persona que sufre – por qué a mí, qué he hecho yo – , son acalladas por el silencio pactado… o respondidas por la lógica compartida. Las herramientas disponibles en la mayoría de los casos son una capilla católica, acceso a internet, la negación de la muerte y el ruido, mucho ruido…

Se vinculan así, enfermedad y cosmovisión, y el mundo de la vida cotidiana se convierte en un refugio seguro y compartido con otros.

Desde el punto de vista de mi experiencia, se pierde la perspectiva integral del ser humano que somos. El cuerpo es separado del hombre y la falta de aceptación de lo que es, origina un sufrimiento, desamparo y miedo, profundos. El sentido común olvida que la vida es lo que habita entre los seres, conectando nuevos territorios con su color y generando nuevas formas con sus texturas y aromas… olvida que conviene desplazarse entre las intersecciones, donde las narrativas se oponen y cruzan, por esos muros bordados con jirones de piel, que son lugares de encuentro y conflicto, generadores de conocimiento y de sueños, de aislamiento, pero también de abrazos…
El sentido común de nuestra vida cotidiana se convierte en una jaula invisible donde ejercer nuestra propia realidad, separados y diferenciados del otro… Y esa diferencia, niega el derecho de encuentro, produce un espacio herido y la incapacidad de sentir a los demás como a nosotros mismos!

Pero, cómo cambiarlo, si parece necesario un estado alterado de conciencia para llenarse de amor y esperanza?, cómo conciliar el sentido común y la espiritualidad en la atención a la salud y a la enfermedad?

Sin duda, para ello es necesario desenredarse saltando descalzo bajo el sol, abrazar el conocimiento y la comprensión que nacen de la escucha atenta del momento presente, amarrarse a la experiencia de la escucha enraizada de ser a ser…

Vivimos tiempos difíciles en los que diariamente se producen conflictos y despidos laborales, desahucios violentos, dificultades económicas… cambios inesperados que interfieren con nuestra salud… y faltan espacios de escucha, guardianes de esperanza y de sueños, no lugares donde quemar el miedo y silenciar la mente…
El sufrimiento nos aleja de nosotros mismos, y olvidamos que hay que trascenderlo para dejar atrás los condicionamientos, para poder borrarnos y reinventarnos…
Desde el comienzo de mi andadura profesional me sentí dividida entre la realidad técnica y académica, entre el lenguaje normalizado y la realidad experiencial. Me sentí perdida y atrapada en el sufrimiento humano, joven e inexperta, incapaz de gestionar el propio y, con unos pocos medicamentos, como único recurso para aliviarlo.

Las personas que se acercaban a mí, preguntaban, una y otra vez, por qué?, es un castigo?, por qué ahora, por qué a ellos, por qué así…
Trataban de negociar conmigo, y yo me sentía culpable o responsable…
Entretanto, soñaba con encontrar las respuestas y ofrecérselas en una bandeja de plata…

Pensaba que al encontrarlas, podría salvarles y salvarme. Buscaba y buscaba, fuera, y alrededor, pero ello sólo me generaba mayor confusión. Durante mucho tiempo traté de adaptarme a la oscuridad y a la razón, sin mucho éxito… y, al final, una importante crisis física y emocional me paralizó…

Su vivencia supuso para mí un importante aprendizaje y un gran salto experiencial hacia mi mundo interior. Como en un rito de paso sentí el desgarro de mi ser y descubrí cómo la magullada piel daba lugar a unas grandes y bellas alas. Igual que una loba mata a su cachorro mortalmente herido, sentí dentro de mí la auténtica compasión y la necesidad de permitir que la muerte llegue a los moribundos.
Vi pasar ante mí, uno tras otro, el rostro de todas aquéllas personas a las que acompañé, bien en su recuperación, en su cronicidad, o en su tránsito… Sus ojos, clavados en los míos, seguían preguntando… pero ya no buscaba nada.

La espiritualidad se hizo realidad en mis carnes como esa parte que resonaba en mí desde siempre, y me envolvía como una ráfaga de aire fresco.

Instante a instante, comencé a comprender… Al acercarme experiencialmente a otro ser, ví, como dice Fito, lo que no mira nadie, sentí el llanto desconsolado que estrangula las gargantas y su latido pulsátil ahogarse dentro de mí…

Comencé a mirar hacia dentro del alma, y su ser, frente al espejo, dejo de verse extraño e inaprehensible y empezó a sentirse amado…

Comenzaron a sentirme dentro, como esa parte secreta e íntima de sí que les sanaba, con suavidad, con ternura, como dulce suspiro que les recordaba al amado, cómo nunca antes se dieron permiso…

Descifré el código del sollozo y aprendí el dialecto que sana el alma…
Nos encontramos. Me presento al dolor y me fundo en su abismo, te acarician mis manos, te acompaño, te escucho, me guías, te guío, nos hacemos uno… te doy de beber de mi olvido…

Descubrí que mi intención, el amor, alimentaba su alma, que buscaban el beneplácito escrito en mis manos y que con él sanaban sus llagas! así que, comencé a tocar el tambor y a bailar a su son, a llamar a sus puertas y a ofrecerles un viaje de regreso a casa…

Encontré el pasadizo por el que desplazarme entre los surcos y hacer rizoma, en el que dejar de resistirnos a mirar profunda y confiadamente, el uno en el otro, para impregnarnos de forma profunda e íntima… el lugar donde dejar de sentirse inmóvil, quebrado, sin voz ni aliento… que celebra la comunión de los hombres y la oportunidad de acariciar la comprensión, la compasión y el amor incondicional, para mezclarnos y convertirnos en la expresión del mismo dolor… y del mismo amor…

Comencé a derribar los muros, y a aplicar agua mezclada con tierra y paja en las paredes desconchadas, a reconocer el quejido y sentir el clamor de la voz en llamas…

Construí, más allá de toda frontera, un lugar común donde poder conversar y recordarte el lenguaje del alma, donde ellos y nosotros, somos un único ser que aletea por el mismo anhelo, indómito, y que siente la misma necesidad de amor y perdón!!!

Encontré, en mi entorno cotidiano, un nuevo repertorio de significados sobre la salud, la enfermedad y el mundo… que me llevan, de nuevo, al principio, a ese lugar donde tu y yo, Uno, hacemos tiritar al viento, a ese punto de encuentro donde, liberados de creencias, nos sumergimos en la verdadera naturaleza y respiramos la Luz del día.

 

 

 

Con AMOR. Silvia Mesa García

Texto: Silvia Mesa García. Imagen: Miguel Ángel Yusta Sanz

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Un camino que se recorre a veces a tientas, a veces a oscuras, lleno de retos y pruebas, sin aparente rumbo ni coordenadas

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